Fantasma, farsa y flagelo
Por Pablo Provitilo
Las tres f designan un escenario tentativo, también un malestar (?). Escolta de Boca tras otro triunfo importante, Arsenal se ilusiona con hacer su mejor temporada en Primera, otro impacto para un fútbol argentino que pide a gritos la nunca concretada refundación.
Asegurada su permanencia en Primera División por undécima temporada consecutiva, Arsenal de Sarandí va por más en el frente interno al ubicarse segundo en el torneo local, cuando restan 10 fechas para el final y ya no tendrá compromisos por Copa Libertadores en su horizonte de tribunas vacías, favores arbitrales y agachadas con Boca, presiones derivadas de ese ejercicio enloquecedor como es espantar el fantasma del descenso.
Otro fantasma, sin embargo, recorre al fútbol argentino, aceptada la invulnerabilidad de este club apadrinado (sic) por la cofradía Grondona, cuyo recorrido durante la última década supone temer lo peor al imaginarlo campeón o subcampeón local. Repasando: además de no descender nunca tras su ascenso a la A (2002), el clásico de El Porvenir registra triunfos contra todos los grandes, participaciones en la Libertadores, la obtención de una Copa Sudamericana y una Soronga (?) Bank, refacciones en su estadio –todo de cemento, con capacidad para 19.000 personas- y logros menores pero no menos relevantes, entre ellos la certeza de que en ese club rinde desde un Zelaya hasta un Franzoia; desde un Gandolfi hasta un Yacuzzi, desde un Alfaro hasta el Oso violeta de La Nueva Seguros (?). Demasiados éxitos para no sospechar ayudas externas, por supuesto que incomprobables según el blindaje de distintos poderes que sostienen sus acciones. Bastan algunas muestras, en tal sentido, para advertir lo que sucede con el club de los Grondona: nótese, por un lado, que nadie lo llama “club modelo”, ni siquiera el periodismo Afista. Por otro, los hinchas de los clubes que pelean por no descender –incluso el mismísimo River- lo descartan entre los posibles rivales directos, como si en torno de Arsenal recayeran las bendiciones del protegido de Napoleón, la inmunidad a la desgracia, o la ventaja de aquél que cuenta con reaseguros suficientes, imaginarios también, a fin de evitar lo natural para clubes de su envergadura como bajar de categoría, y dar por concluida su jodita (?) en la A.
La resultante, de continuar esta tendencia de aceptar resignadamente determinadas cuestiones, será observar nuevos y resonantes logros de Arsenal mientras el resto, o buena parte del resto, juega “promociones imperdibles” -para los otros, claro-, y más tarde se va la B. Podrían señalarse matices, sin duda. Algún mérito tiene el cuadro de Sarandí dado que no proviene toda su dicha de La Mafia (sic), un par de campañas más o menos felices, el azar y la bendición divina. Arsenal ganó partidos con armas legítimas, por ejemplo hace 7 años cuando derrotó a Boca 4 a 1 por goleada, el día del hielazo a Basile. O la serie correspondiente a la Copa Sudamericana, ante River, que finalizó con la eliminación del cuadro dirigido por Daniel Passarella en ese entonces. También cuentan resultados curiosos, cabe reponer; un empate con Vélez, en 2004, que sirvió en bandeja el título al Newell’s de Eduardo López; y una victoria sobre el propio Newell’s que allanó el campeonato de Banfield, en 2009.
Al margen de las “casualidades” y los merecimientos, lo cierto es que deviene casi grotesco que un club de 55 años de vida cuya convocatoria semanal no supera las 1.000 personas se revele recontrainstalado en la máxima categoría, con atributos de entidad a la que a todos perturba por motivos diversos, entre los cuales sobresalen las sospechas que signan su corta y laureada historia. Es decir, parece imposible disociar a Arsenal de la trama oscura del fútbol argentino, conforme su perdurabilidad asume rasgos notoriamente vinculados con la AFA de Grondona, teniendo en cuenta que desde 1979 hasta la actualidad su crecimiento fue exponencial (saltó de la C a la A, con Nacional B incluido). Al cabo, nada novedoso (?) pero sí pertinente de ser señalado por factores ligados con el presente, oscilantes entre el delirio, lo funambulesco y el flagelo. La campaña del Arsenal de Alfaro en el Clausura no solo lo exime de sacar cuentas sino también lo acerca a las copas internacionales, más allá de cifrar expectativas para salir campeón (!). Un club que, recordamos, quedó eliminado de la naciente Copa Argentina a manos de Sarmiento de Resistencia –tres categorías por debajo, se adicionaron 6 minutos en aquel partido sin que mediaran razones atendibles- y protagonizó un papelón en la actual Libertadores. “Aspiramos a sacar un punto en los partidos con Boca” dijo Gustavo Alfaro, su entrenador, en las previas de esos encuentros, consciente del equipazo que tiene (?). Si el techo es arañar un roñoso punto, lo más probable es quedarse sin nada, como finalmente ocurrió. Alfarismos. Con estos antecedentes recientes, sin embargo, Arsenal se ubica segundo en el campeonato y no parece ser menos que encumbrados oponentes, lo cual reintroduce nuevas lecturas respecto de la jerarquía del torneo de Primera División: una competencia deslucida, un torneo nuevamente valorado por los clubes intervinientes o la posibilidad, concreta y visible, de que cualquiera puede ser campeón. Todo depende del lente con el que se mire, claro.
Como fuere, ahí está Arsenal. Inoxidable, resistente al paso del tiempo y con mística ganadora (5 triunfos consecutivos suma). A solo dos puntos de Boca, a quien recibirá en la fecha 18, posiblemente con otra predisposición, su presente sugiere prudencia y muuuucha tolerancia en caso de aceptar el carácter irremediable de algunas cosas. Y no será para menos. Otros fantasmas vigentes amenazan el cuerpo afiebrado del fútbol argentino, quien sabe si en la víspera de la puñalada que lo transforme definitivamente en farsa para concluir, a un costo altísimo, este ciclo histórico nefasto.