¿Y si te vas, Román? Te vas y no sé cómo reaccionar. Son muchas sensaciones que recorren por mi cabeza. Que pensar. Que decir.
Mi garganta se retuerce. No me sale palabra. No entiendo. No comprendo. No acepto.
Soy hincha de River. Estuviste siempre enfrente, siendo rival. Te deseé siempre lo peor. Futbolísticamente hablando, claro está. Se dijeron y se dicen muchas cosas de vos. Que armas lío en el vestuario, que pones mala cara cuando algo no es de tu agrado, que sos egocéntrico, que no te gusta que alguien acapare más atención que vos y todo lo que se te pueda ocurrir. En 15 años de carrera se pueden decir tantas barbaridades que caer en nombrarlas todas sería una falta a la coherencia que quiero tomar en estas líneas.
Primero me pongo alegre, no te lo voy a negar, Román. Dejar de verte esos colores que son la rivalidad de siempre produce en mí una sensación de alivio. Saber que, sin vos, Boca tardará bastante en encontrar otra forma de juego (otro Diez cómo vos no hay, olvídense) me hace esbozar una primera sonrisa. No por disfrutar de las desgracias ajenas, desde lo que pasé con mis colores estos últimos semestres sinceramente no me sale festejar malos resultados en la vereda de enfrente. Decir que el juego, los resultados, y los títulos que ha conseguido Boca en este último tiempo llegaron en gran parte de tu cabeza y de tus pies es una obviedad. Saber que dejas de vestir esos colores me produjo tranquilidad.
Pero no todo fue así, Román. Cuando saliste de ese vestuario y confirmaste algo que se venía rumoreando, pero terminaste agregando que está la posibilidad de que dejes de jugar… Fue un golpe certero al pecho. Quedé helado.
Además de hincha de River soy admirador del buen fútbol. Un admirador de los buenos jugadores, esos que con una pisada te dejan tambaleando, esos que te meten un enganche y te cambian la ecuación. El pase gol. Esos con los que solo falta decirle a tu compañero “toma y hacerlo”. Aquellos que no necesitan velocidad de piernas para saber jugar, que piensan diez veces más rápido que el resto. Esos que invitan a la ilusión.
¿Cómo no me voy a quedar impávido al escucharte decir que te podes ir? Si entre tanta escases de buenos recursos que abunda en este fútbol argentino tan ocre y mediocre, si entre tanto choque, patada y agarrón alevoso, y entre tanta falta de magia que cubra nuestros fines de semana, aparecías vos, Román. Tu juego, tu estilo, tu técnica, tu manejo de los tiempos y tu estilo tan propio iluminaban este noble deporte al que queremos todos pero que a veces también desprestigiamos.
Vos te ocupabas de cuidar el balón, de tratarlo bien. Le dabas toques suaves protegiéndolo de aquellos interesados en destruir. Al momento de escribir esto me acuerdo de aquella propaganda de Quilmes que decía algo así como “Malditos los mezquinos que juegan sin poesía, los que pegan, los que envidian, los que rompen y lastiman”. Pero ahí estabas vos, siendo fiel a esa zancada lenta y sumisa, pero a la vez tranquila y destructiva. Mirada altiva, sabías que hacer antes de que la pelota toque la suela de tu derecha mágica, esa que usaste en cada oportunidad que querías.
Decir que sos el último 10 está de más. Despedirme también porque aún no sé si dejarás el fútbol o seguirás jugando en otro Club, pero no podía evitar agradecerte lo que le has dado al que sabe disfrutar del buen fútbol. Saquemos camisetas y colores. Saquemos sentimientos y pasiones. Yo te veo con la N°5 en los pies y mi noche se vuelve día. Yo te veo agarrar la bocha y encarar tan decidido al área rival y me pregunto qué maravilla inventarás. Admiré siempre tu manera de poner el cuerpo para proteger el balón. Siempre me pareciste una maravilla dentro de la cancha, de afuera no opino porque no te conozco.
¿Qué más decir?
El fútbol está en coma: Juan Román Riquelme puede colgar los botines.